Opinión

Como en los ’90 para el sindicalismo histórico : “La dignidad no se negocia”

*Por Gustavo Ramírez

El reduccionismo ideológico suele basarse más en conjeturas que en precisiones políticas. Por lo general esta perspectiva pierde de vista el devenir histórico y se estanca en la observación de conductas individuales que no representan al conjunto social. La postura anti-sindical por derecha, por izquierda y desde el progresismo, deja de lado a la historia y se enmarca en el presente para ningunear las luchas del sindicalismo desde un razón moral, hija del anti-peronismo y sometida al coloniaje intelectual.

La marcha del 22 de febrero supera la disputa sectorial y marca el desenlace de puntos de inflexión para la resistencia gremial. Quienes pretender hacer ver la movilización de Camioneros, ahora de gran parte del Movimiento Obrero, como un combate entre Moyano y Macri, hacen gala de su funcionalidad al gobierno y subestiman a los trabajadores. Claro que esto no es nuevo. La ignorancia no es mero hecho casual sino una intencionalidad política e ideológica. Por eso la importancia de darle un marco histórico a los procesos.

Durante el año 1989 Menem intensificó su arrebato anti-sindical y apuntó sus cañones contra Saúl Ubaldini. Eran tiempos donde las promesas del “salariazo” y de “revolución productiva” se convertían en una epifanía de campaña. El modelo, una vez más, se tenía que aplicar a sangre y fuego y para ello era necesario borrar todo vestigio de resistencia. El principal escollo era la CGT, Ubaldini. Menem usó a sus alfiles sindicales para horadar el poder del dirigente cervecero. Su principal contrincante fue Jorge Triaca padre.

Triaca decía, por aquel entonces, lo que su heredero refrenda con orgullo oligarca: “El sindicalismo no tiene que entrometerse en temas políticos y debe acabar con su permanente actitud de confrontación”. Una frase, un latiguillo que los funcionarios neoliberales actuales repiten sin ponerse colorados. La analogía con la actualidad no es casual ni un recurso literario. Como alertamos con anterioridad, el neoliberalismo necesita sindicatos débiles para vulnerar derechos y conquistas sociales.

El 10 de octubre de ese mismo año la tensión en la CGT ostenta la ruptura en el encuentro del Teatro San Martín. Allí otro operador del menemismo, Luis Barrionuevo – hoy enfrentado con el neoliberalismo –  atiza el fuego y conforma la CGT San Martín. Junto al gastronómico militaban hombres como West Ocampo, de sanidad, el mentado Jorge Triaca de sindicato plástico, Zanola de bancarios, Gerardo Martínez de la UOCRA y Pedrazza de los ferroviarios. Nombres conocidos. Para ese momento el gobierno despedía a 300 mil trabajadores estatales.

Sin embargo esa ruptura no significaba el fin de los sindicatos resistentes. Todo lo contrario. Así como en el presente la Corriente Federal de Trabajadores emergió como una vía alternativa dentro de la misma estructura cegetista para canalizar gran parte de las demandas sindicales del momento y traccionó hacia adelante. En el proceso menemista ese rol lo cumplió, de alguna manera, la CATT. Conocida entonces como UGTT, Unión General de Trabajadores del Transporte. Allí comenzaron a tallar nombres como los de Juan Manuel Palacios de UTA, Hugo Moyano representante de Camioneros y Juan Carlos Schmid de Dragado y Balizamiento.

Estos actores sindicales serían de vital importancia para lo que se vendría a futuro. Y ese futuro llegaría en el año 1994. La UGTT rompió con la CGT el 27 de enero y el 1° de febrero, en el salón Eva Perón de la Unión Tranviarios Automotor, nació el Movimiento de Trabajadores Argentinos. El objetivo del MTA era la lucha contra el modelo. Más concreto: “Intensificar la defensa de los intereses de los trabajadores y recuperar la CGT en manos de dirigentes peronistas”. Así rezaba el documento conocido entonces bajo el título de “La dignidad no se negocia”.

De inmediato el MTA comenzó a caminar el país y sumó adhesiones en todo el territorio nacional. La experiencia no podía quedar aislada en un puñados de gremios. En mayo del ’94 la crisis se agudizó y si bien Víctor de Gennaro, líder de la CTA, desconfiaba del peronismo, decidió que era momentos de cerrar filas con el MTA. Se determinó la primera movilización masiva en contra del neoliberalismo del régimen menemista. Aquella marcha fue conocida como Marcha Federal, duró diez días y congregó a mas de 80 mil trabajadores. El 2 de agosto llegó la el primera paro general de ambas organizaciones y el 30 de noviembre se plasmó el programa de Huerta Grande.

Se sucedieron ollas populares, actos masivos en todo el país, huelgas generales. El MTA sumaba en la acción  mientras la conducción de la CGT en manos del petrolero Antonio Cassia, luego conducida por Gerardo Martínes y más tarde por Rodolfo Daer, quedaba expuesta y de espalda a los sectores populares. El MTA no fue una coalición sindical momentánea ni coyuntural. Fue el resultado de la experiencia colectiva de sindicatos que se forjaron a la luz de las banderas políticas del peronismo y fue la racionalidad de dirigentes coherentes con sus principios.

Por ello la marcha del 22 de febrero no tiene es una convocatoria aislada producto de un dirigente caprichoso. Es el devenir de una construcción que comenzó a gestarse el 29 de noviembre del 2017 y aun antes. Tampoco es la suma de voluntades épicas. Es un proceso que contiene aquel germen del MTA. Algunos de los actores se repiten. Los que están con los trabajadores y los que vuelven a claudicar.

Representa una coherencia histórica en el compromiso que asume la defensa irrestricta de los intereses de la clase trabajadora. No es el voluntarismo sectorial de un sindicalismo místico, como lo calificó un editorialista que vive de los sindicatos. Es la historia en movimiento. Es la necesidad de asumir el liderazgo histórico ante la crisis que acomete contra los trabajadores ocupados y desocupados. Contra la injusticia social que margina a los jubilados y criminaliza a los pibes de bajos recursos.

El MTA en un año y medio sufrió más de 17 ataques y un sin números de amenazas. Sus dirigentes fueron objetivos de campañas mediáticas y políticas centradas en el desprestigio. Esa trayectoria parece perderse  intencionadamente. Es obviada por agentes de la derecha pero también por actores del campo popular que por momentos parecen más cercanos y hermanados con el Contrato Social de Rousseau que con la Constitución del ’49.

La Corriente Federal de Trabajadores, el moyanismo, las CTA, marcan el rumbo contra las políticas neoliberales. Apelan a una construcción dinámica, práctica,  con un programa que retoma los postulados de La Falda y Huerta Grande. Los reduccionistas apelan a narraciones artificiales para atacar y menospreciar a los trabajadores. Resulta más cómodo desinformar, tergiversar los análisis que pensar en profundidad. Claro que eso es parte del mismo negocio: Ocultar la crisis neoliberal que perjudica a la clase trabajadora.

Nada viene de la nada. Menos aun en política. Cada proceso de transformación lleva su tiempo de maduración. El juego social tiene sus espacios en blanco y también sus límites. Sin embargo el tiempo y el propio acontecer histórico como factores sociológicos, suelen poner las situaciones en orden. Como sostuvo, durante estos días Pablo Moyano, habrá un antes y un después de la movilización del 22 de agosto. Es inexorable.

 

*Director Periodístico de AGN Prensa Sindical

Periodista: La Señal Medios / Radio Gráfica

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